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jueves, 14 de marzo de 2024

Hijos del paraíso XII

Jerome Charyn. Movieland. Chapter: “Children of Paradise”

Hijos del paraíso XII

 


7. Seguimos volviendo a Borges, que había escrito novelas policiacas y publicado guiones junto a Adolfo Bioy Casares para un par de películas de gángsters.

Borges había comprendido la peculiar habilidad del cine, su pericia para espaciar el tiempo y adentrarse en los misterios de la mente y el espacio que han preocupado a nuestra imaginación desde que empezamos a intentar comprender quién diablos éramos.

Un hombre no tiene una vida, nos dice Borges, “ni tan siquiera existe una de sus noches; cada momento que vivimos existe, pero no su imaginaria combinación”. Pero es esta combinación imaginaria la que da vida a nuestros sueños... y a nuestras películas.

Borges nos habla de “Chuang Tzu”, el escritor taoísta chino que, “hace más de veinticuatro siglos soñó que era una mariposa; y, cuando se despertó, no supo si era un hombre que había soñado que era una mariposa, o una mariposa que soñó que era un hombre”.

Todos somos “Chuang Tzu”, sumergiéndonos en el curso del siglo mientras soñamos con un camino que nos lleve a través de un universo que puede, o no, existir; al igual que unos niños en la sala de cine final, con un techo infinito y paredes muy estrechas...

 


Movieland: Hollywood And the Great American Dream Culture»; es una obra de Jerome Charyn, publicada por la editorial Putnam ©®.

 

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lunes, 11 de marzo de 2024

Hijos del paraíso XI

Jerome Charyn. Movieland. Chapter: “Children of Paradise”

Hijos del paraíso XI

 

Puedes describir a una persona por sus hijos simbólicos.

El mismo Langlois era un monstruo.

Su imperio estaba construido con celuloide, pero con todo fue un imperio. Él le puso sus fronteras. Él era “El señor del Cine”.

Langlois fue un “cabrón maníaco egocéntrico, un magnate a su manera, un magnate chiflado, tan gordo que no podía joder con nadie.

Su único placer fue reinar sobre la noche obscura de las películas...

Era tan monstruoso como Orson Welles, pero con la voz de un castrato, un elefante grotesco que nos insistía en las razones por las que John Ford era un genio. Para sostenerlo, proyectaba una o dos películas de Ford, las más aborrecibles.

Langlois era perverso”.



Comenzó a organizar homenajes a los estudios a finales de los años cincuenta.

“Su tributo a la Paramount duró nueve o doce meses”.

Algunas veces comentaba que “una película norteamericana le debe más al estudio que la engendró que a su director o estrellas”. Langlois alcanzaba el delirio al tratar de diferenciar (el sonido) del trueno de la RKO del de la MGM”.

“La Nueva Ola se lo debía todo. Ni Truffaut ni Godard fueron a escuelas de cine. Nunca trabajaron en un plató.

Aquí nos encontramos con un emperador junto a sus discípulos... San Henri, San Langlois. Siempre estaba sin un duro. Compraba demasiadas películas. Se arruinaba por su museo. Él mismo vivía en un museo. Dormía en la bañera de “Cleopatra” –había comprado la bañera de la película «Cleopatra» de De Mille para la Cinémathèque–...

Al final de su vida se convirtió en un sádico cabrón.

Podía proyectar una película italiana con subtítulos en japonés, y añadiría, ‘ésta es la única copia que tenía. La compré en Manila’. También podría mostrar una “película rusa en versión danesa... No tenía una vida propia. Por todo el mundo se rendía tributo a su genialidad. Pero él me hacía sentir incómodo.

Creó algo monstruoso, pero lo hizo con genialidad. Sus límites se agrandaron demasiado, así que murió”.

 

Movieland: Hollywood And the Great American Dream Culture»; es una obra de Jerome Charyn, publicada por la editorial Putnam ©®.

 

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domingo, 10 de marzo de 2024

Hijos del paraíso X

Jerome Charyn. Movieland. Chapter: “Children of Paradise”

Hijos del paraíso X

 


Le pregunté a Martens cuándo se había convertido en hijo de la Cinémathèque.

“Tendría unos quince o dieciséis años”, respondió.

Martens había vivido en los EE.UU. durante la Guerra y regresó con su madre a Francia en 1946. Fue una especie de "pequeño norteamericano que se vio engranado dentro del juego”. Una de las primera películas que recuerda es «El retrato de Dorian Gray» (1945), –la idea que tenían en MGM de una novela de Oscar Wilde–.

Todo el film giraba en torno a un rostro inolvidable. “Dorian”, el joven inglés diletante, es interpretado por Hurd Hatfield, cuyo aspecto en la pantalla se asemejaba al de un ángel corrupto; de aire masculino en un momento y femenino al siguiente, cualquier niño se habría sentido confundido respecto a la identidad de “Dorian”.

En la película, “Dorian” se mantiene joven mientras su retrato envejece en su lugar. Esto es doblemente confuso, pues no sólo tenemos un fantasma en la pantalla, con un lado masculino y otro femenino, sino que nuestro fantasma, “Dorian Gray”, también tiene su propio fantasma, el cual envejece en su lugar y en el nuestro.

La mayor parte de la obra está rodada en blanco y negro, lo cual resalta las sombras sensuales y perversas de la cara de Hatfield, podemos sentir su corrupción, sus expresiones amaneradas, como de muñeca, su voz monocromo.

La escena final está rodada en tecnicolor: Dorian, harto de su juventud, raja el retrato y se cae al suelo. Envejece inmediatamente y muere, con lo que su retrato recupera su juventud.

A Martens lo aterró tremendamente esa doble conversión. Tendría unos cinco o seis años, y todo ese color tan chillón lo horripiló.

A finales de los años cincuenta, Martens conoció “a un entusiasta de las películas, Fred Jung, un orondo rubio de Luxemburgo... un auténtico chalado del norte.

Luxemburgo no existe.

Nadie ha estado allí. Es un país tan pequeño que nunca nadie ha conocido a alguien de allí (salvo a Fred Jung).

Es un lugar más mítico que Mónaco.

Jung se lanzó al mundo de las películas. Encontró su destino, éste consistía en ver películas. ¿Pero cómo puede uno ir por la vida viendo películas?. Creó la Cinémathèque de Luxemburgo. Fue a ver al primer ministro de la ciudad fantasma de Luxemburgo.

‘Tenemos museos’, le dijo. ‘Necesitamos una filmoteca’. Construyó su propia filmoteca.

Él viaja por el mundo viendo películas seis meses al año. Desentierra viejos rollos de películas. En la actualidad atesora algunos de los tesoros más escasos del mundo del cine. Viajó a Klondike, donde se encontró por casualidad una ciudad fantasma, y descubrió, congeladas, copias de producciones de Hollywood realizadas en 1915, 1916 y 1920, obras que se daban por desaparecidas.

Sufrió una especie de frenesí compulsivo. Siempre hay una nueva película que encontrar para el país pequeño más rico del mundo”.

Fred Jung es sólo “otro de los monstruosos hijos de Henri Langlois.

 

Movieland: Hollywood And the Great American Dream Culture»; es una obra de Jerome Charyn, publicada por la editorial Putnam ©®.

 

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sábado, 9 de marzo de 2024

Hijos del paraíso IX

 Jerome Charyn. Movieland. Chapter: “Children of Paradise”

Hijos del paraíso IX

  

6. Tenemos que considerar otros asuntos, como la Cinémathèque, y por qué floreció en Francia gracias a la frenética devoción de Henri Langlois. Francia es la nación más centralista de Europa”, me comentó Martens, “la base y dogma del centralismo es la concentración. La Bibliothèque Nationale fue la primera biblioteca del mundo. No sé qué rey decidió que todo lo escrito (o grabado) en el reino de Francia debería ser puesto en depósito.

Actúa como un inventario de las cosas, pero también funciona políticamente como un registro.

Una vez que centralizas todo lo que es creado, sabes lo que va a pasar: ningún autor ni grabador puede funcionar por separado, ningún artista puede crear sin enviar copias de su producción a la librería central. Funciona exactamente como un país totalitario. Nada de lo creado es ajeno a la vida política”.

 


Me sentía como Borges adherido a un enciclopedista de la tierra de “Tlön”, mientras Martens seguía hablando.

“Tan sólo Francia podría dar vida a la loca idea de coleccionar y guardar todas las películas que habían sido hechas. Todo debe tener su copia en algún lugar (su fantasma). La Cinémathèque sólo se podía desarrollar en un lugar donde el archivismo llevaba siendo una realidad política durante siglos.

La genialidad aislada de Langlois encontró los medios para crear la Cinémathèque en las estructuras internas del país... Tuvo una idea alocada. Pero pudo ponerla en marcha. Tan sólo una persona ajena al Imperio (Hollywood) podía crear la Cinémathèque, en los límites del Imperio”.

Hablamos sobre ese misterioso oficial Nazi que ayudó a Langlois en mitad de la Segunda Guerra Mundial.

“Las acciones de Langlois fueron heroicas”, comentó Martens. “Estaba intentando mantener a los alemanes alejados de las películas. Él no fue un colaboracionista, quería proteger las películas”. Y el mismo Langlois, tal y como aparecía reflejado en los ojos de Martens, comenzó a parecerse a una figura sacada de Borges: “Hombre, el bibliotecario imperfecto que intenta desesperadamente aferrarse a los recuerdos de su mundo, en un universo de “desorden divino”. ¿Y Martens?. Él podría haber sido algún dios que luciera el cabello rojo de la ira. ¿Y yo?. El único oyente que quedara vivo.

“La gente se agrupaba a su alrededor, chiflados como él, el Cristóbal Colón del nuevo arte. Truffaut, Godard, Rohmer, Chabrol fueron apóstoles que realizaron sus películas más tarde. El autor real de una película es el director, solían decir.

‘Soy devoto de una nueva fe. Todos los restantes están equivocados respecto al cine’. Pero, ¿quién es el autor real de Casablanca?. ¿La guerra?. ¿El guión?. ¿Los actores?”.

“¿Qué me dices del rostro de Bogart?”.

Martens se rió.

“No. La Cinémathèque diría que Michael Curtiz (quien dirigió «Casablanca»). Una vez que los apóstoles dejaron establecido que el director es el autor de una película, entonces añadieron: ‘me voy a convertir en director’. No puedes hacer películas sin un componente de megalomanía... o terrorismo, terrorismo efectivo”.

 

Movieland: Hollywood And the Great American Dream Culture»; es una obra de Jerome Charyn, publicada por la editorial Putnam ©®.

 

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viernes, 8 de marzo de 2024

Hijos del paraíso VIII

Jerome Charyn. Movieland. Chapter: “Children of Paradise”

Hijos del paraíso VIII

 

“¿Quién creó las películas?”. Me preguntó Martens. Le respondí con un encogimiento de hombros al estilo de Chaplin.

“Hollywood marcó los límites, estableció los signos desde la A, a la Z. Norteamérica dominaba un arte que había creado. Para todo el mundo, en una etapa concreta de su historia, el Cine era algo norteamericano.

Desde China a la Patagonia, todo el mundo conocía a “Charlot” (Charlie Chaplin). No había televisión ni radio... Chaplin fue Charlot, el primer fenómeno fílmico. No fue el sonoro lo que consolidó Hollywood, sino su etapa muda.

No necesitabas mucho equipo. Podías ver las películas mudas proyectadas sobre una sábana blanca, con un pequeño hombre gracioso y unas sencillas imágenes con gracia. Imágenes que procedían de una tierra donde todo el mundo sabe dónde ir, cuando no tiene donde ir”.

 


“Pero nosotros somos una tribu de bárbaros” –le dije actuando como una especie de comisario político que intentaba azuzar la mitomanía sobre los Estados Unidos de Martens–. ”Cogimos a Charlot y lo convertimos en un bárbaro más”.

“Perfecto”, –me dijo–. “Un país sin cultura produce un arte sin cultura. No tienes que leer, no tienes que escribir, no tienes que ser culto. Así es cómo Hollywood se convirtió en la ciudad imperial”.

“Todo emergió a la vez. La Primera Guerra Mundial había arruinado Europa, y el crecimiento de los EE.UU. era tan rápido que no se podía desarrollar a un ritmo humano. El dominio dentro del campo fílmico fue un suceso extraordinario.

¿En qué otro arte se podría alcanzar el control de los signos de una forma tan rápida?.

¿Quiénes, salvo los norteamericanos que no se pueden vincular con ningún aspecto cultural, podían controlar la simbología de este arte?

¿Quién más poseía el poder y la ingenuidad?.

Las primeras pinturas fueron ingenuas. Os adueñasteis del mundo al recrearlas... Todo imperio tuvo su capital, y Hollywood era la capital de Norteamérica”.

Tuvimos que reírnos, Hollywood la tierra de Paramount, de “El jardín de Alá”, del drugstore de Schwab y de “El salón chino de Grauman”, se había convertido en una tierra mítica para ambos; una especie de ficción, un reino mágico donde lo infinito ocultaba la vida cotidiana.

Pensamos en Jorge Luis Borges y todas la bibliotecas de Babel que había creado, en todas las tierras problemáticas y repletas de laberintos pobladas por “tigres transparentes y torres de sangre”, ilusiones que se habían confundido con lo cotidiano llevándonos a preguntarnos sobre nuestras vidas y nuestro sentido del tiempo, creyendo “que mientras dormimos aquí, estamos despiertos en otro lugar y que de alguna manera todo hombre es en realidad dos hombres”.

¿No es ésta la condición fundamental del cinéfilo, que está dormido aquí mientras está despierto en otro lugar, viviendo por lo menos dos vidas?. Los sonámbulos a los que admiramos son nuestras propias conciencias, y las películas, más que acercarnos a otras personas, refuerzan nuestra sensación de aislamiento y nuestra presencia fantasmal en la pantalla.

Hollywood era tan sólo otra ciudad soñada, tan perversa como el “Tlön” de Borges, un laberinto que va lentamente sustituyendo a nuestro mundo, hasta que dentro de cien años, los lenguajes y formas comunes “desaparecerán del planeta. El mundo se convertirá en Tlön”.

 

 

Movieland: Hollywood And the Great American Dream Culture»; es una obra de Jerome Charyn, publicada por la editorial Putnam ©®.

 

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jueves, 7 de marzo de 2024

Hijos del paraíso VII

Jerome Charyn. Movieland. Chapter: “Children of Paradise”

Hijos del paraíso VII

Regresé al Boulevard Arago, Pensando en “Fantomas”, especulando sobre si sería pelirrojo como mi amigo Martens.

«Los intocables de Eliot Ness» había llegado a París –“Eliot Ness” y “Al Capone” habían relegado a las películas francesas a algún lugar en los barrios–. «Los intocables de Eliot Ness» se proyectaba en todas las calles principales. París, en sí misma, parecía un gigantesco plató en mitad de una jungla sacada de Hollywood –un barco pirata varado, con infinitas cubiertas, un paraíso para “Fantomas”... y para “Eliot Ness”–.



Yo me sentía confuso. El viejo mito norteamericano del gángster y el chico bueno era tan poderoso como siempre había sido.

Hablé con Martens. “Hollywood”, dijo, “fue la fabulosa creación de unos monstruos, una ciudad mítica en un país mítico, que producía mitos. Aquí no producimos mitos. Hollywood era el reino, la matriz de todo”.

Me preguntaba si Martens añoraría la época de Luis XIV, si su corazón era monárquico.

“En Francia no tenemos rey ni reina”, me dijo. ”Utilizamos la de Mónaco como nuestra propia familia real”.

¿Y no era perfecto el que nuestra propia princesa de Hollywood, Grace Kelly, la prometida de Gary Cooper en «Solo ante el peligro», se hubiera convertido en la Princesa Grace de Mónaco?.. “En lugar de en las instantáneas publicitarias, su delicada (y gélida) cara aparecía ahora en los sellos de correos”, escribió Ephraim Katz en «The Film Encyclopedia».

¿Pero no teníamos la sensación de que Grace nunca nos había dejado, de que Mónaco era una prolongación de Hollywood, un transfondo de MGM o Paramount, un plató más... con la única diferencia de que se encontraba en la Riviera Francesa?.

¿Cómo si Dios fuera el “auteur” definitivo, asignando papeles y destinos desde su casa en Beverly Hills?. ¿O era eso lo que Hollywood quería que creyéramos?.

 

Movieland: Hollywood And the Great American Dream Culture»; es una obra de Jerome Charyn, publicada por la editorial Putnam ©®.

 

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miércoles, 6 de marzo de 2024

Hijos del paraíso VI

Jerome Charyn. Movieland. Chapter: “Children of Paradise”

Hijos del paraiso VI

 

Analicé el objeto real, una enorme espiga sobre los Campos de Marte que se mantendría como un tótem maravilloso a causa de las películas.

Ya no tenía importancia el que en su momento hubiese sido una auténtica gesta de la ingeniería, el objeto más alto sobre la tierra creado nunca por el hombre, el niño mimado de Gustave Eiffel, construida para la Exposición de París de 1889.

Gustave Eiffel

Los ciudadanos parisinos mantenían una actitud ambigua respecto a lo que veían. Trescientos artistas, escritores y compositores, incluyendo a Guy de Maupassant, François Coppée, Charles Gounod, y los hijos de Dumas, firmaron una petición contra el atentado perpetrado por la torre de Eiffel contra la ciudad que amaban. Opinaban que convertiría a París en una tierra de sombras perpetua.

Por supuesto la sensibilidad pública comenzó a suavizarse poco a poco. Y cuando ya todo estaba planeado para su desmontaje en 1909, otros artistas y escritores como Maurice Utrillo, Raoul Duffy o Guillaume Apollinaire, defendieron que la torre era una pieza fija, una parte permanente de París.

No necesitaron insistir mucho. La torre era muy valiosa como terminal radiofónica. ¿Qué valor tenía todo este alboroto histórico comparado con el que tenía una imagen suya en la pantalla?. La torre se había convertido en Hollywoodiense, al igual que el edificio Empire State y el Big Ben, un artefacto que podía definir un lugar en medio segundo.

Millones de personas que nunca habían visto París conocían La Torre Eiffel.

Era una especie de tiranía cultural. Estaba convencido de ello.

 

«Movieland: Hollywood And the Great American Dream Culture»; es una obra de Jerome Charyn, publicada por la editorial Putnam ©®.

 

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martes, 5 de marzo de 2024

Hijos del paraíso V

Jerome Charyn. Movieland. Chapter: “Children of Paradise”

Hijos del paraiso V

 

5. Deambulé por París, después de conocer todos estos detalles sobre Langlois.

Tenía que sacarme a ese hombre de la cabeza.

La tenía repleta de imágenes suyas en esmoquin. Estaba enorme. Parecía el actor secundario de los años cuarenta –“abrazos” Sakall–, que había interpretado a “Carl”, el maître de «Casablanca».

El mundo entero se había convertido en una sala cinematográfica.

Era el 19 de octubre, el Lunes Negro, el día de la gran quiebra, o “le crack”, según los franceses. Paseaba como sumido en un sueño, preguntándome si Norteamérica desaparecería en mitad de un océano de acciones sin valor.

Me imaginé que me quedaba confinado en París.

No me importó.

Visité a mi agente, Madame L, quien vivía junto a La Torre Eiffel. Tenía que pedirle prestados unos cientos de francos.

Había ancianos jugando a los bolos en los terrenos marrones de Los Campos de Marte. Oía el sonido de las bolas al chocar mientras alzaba la mirada hacia La Torre Eiffel. Su estructura metálica era suficientemente real, pero yo era el fantasma de mi propio archivo, y tan sólo podía ver la torre en términos cinematográficos.

Era el símbolo cinematográfico más reconocible del mundo.

Era París.

Se había convertido en la toma obligada de miles y miles de películas de Hollywood.



Una imagen de la torre e inmediatamente podías decir el lugar donde te encontrabas. El resto de la obra podía desenvolverse completamente en los interiores de un estudio a partir de esa toma, creada en un plató de la MGM, o en la “calle de París” de cualquier otro decorado. Pero ese primer vistazo te situaba para siempre... durante la duración de la película.

 

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lunes, 5 de febrero de 2024

Hijos del paraíso IV

 Jerome Charyn. Movieland. Chapter: “Children of Paradise”

Hijos del paraiso IV

 

4. Y la Cinémathèque comenzó a florecer.

Compartía copias con archivos de todo el mundo; y exhibía películas las siete noches de la semana

 en su pequeña sala de la Avenue de Messine. El crítico Georges Sadoul se había mofado de la Cinémathèque, llamándola “una ficción frágil, un magma estrafalario”. Pero la ficción de Langlois ya no era tan frágil.

Si bien su sala únicamente tenía cincuenta localidades, eso no logró evitar que organizara retrospectivas o recuperara obras de Hollywood. Fue en la Avenue de Messine donde los aficionados franceses descubrieron a Howard Hawks, Samuel Fuller o John Ford; y los ensoñadores ángulos del “Film Noir”, repletos de atmósfera. 


Como muchas películas no tenían subtítulos, los “alumnos” de Langlois podían captar los estilos visuales agitados o fluidos de un director, sin las molestias ni incordios que produce el traducir el diálogo de un idioma a otro. Con lo que los “muchachos” de Langlois descubrieron que alguien como Hawks tenía una firma inconfundible, un nervio y un pulso que superaban las limitaciones del argumento. Para Langlois, Hawks tenía tanto de “autor” como Balzac, desarrollando un lenguaje y una densidad de intención que aumentaban a medida que pasaba de película a película.

Langlois nuca despreció a los magnates.

Él se daba cuenta de hasta qué punto habían manipulado y abusado de sus artistas favoritos —Buster Keaton o Louise Brooks— pero tenía la sensación de que su “incultura” los había llevado a sentir fervor hacia sus propias películas, como si alucinaran con su propia Norteamérica. Y esta alucinación estaba muy cerca de la fractura sobre la que estaba construida Norteamérica... y de la ensoñación en la que consiste el Cine.

 


«Movieland: Hollywood And the Great American Dream Culture»; es una obra de Jerome Charyn, publicada por la editorial Putnam ©®.

 

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domingo, 21 de enero de 2024

Hijos del paraíso III

 Jerome Charyn. Movieland. Chapter: “Children of Paradise”

Hijos del paraíso III

Martens había sido uno de esos niños del paraíso que se sentaron en la sombra junto a Henri Langlois, fundador de la Cinémathèque Française.

La Cinémathèque era una institución extraordinaria: funcionaba tanto como capilla como de archivo, museo o salón dedicado a las películas del mundo. Cobró vida al comenzar Langlois a coleccionar películas siendo muy joven y no poder seguir almacenándolas en la bañera familiar. Él era un trapero que guardaba todo lo que podía.

 

Henri Langlois

Langlois no creía en los críticos.

No existía eso de “una mala película”. Lo que era denostado un año, podía ser considerado una obra maestra al siguiente. Él era, según François Truffaut, “A la vez un hombre sin pretensiones y extravagante, fabuloso, obsesionado, animado por una “idée fixe”, un hombre embrujado”.

Su única pasión era coleccionar y catalogar películas.

Tenía su propia idea sobre en qué consistía el catalogar. Confeccionaba enormes listas con su grafía de niño que nadie más podía descifrar. Era como una especie de escriba meticuloso que podía encontrar latas con películas dondequiera que buscaba. Creó su propio torbellino y se desenvolvía dentro de él.

Cuando los alemanes entraron en París en 1940, Langlois comenzó a enterrar en varios terrenos todas las películas norteamericanas que atesoraba, antes de que los boches pudieran poner sus manos sobre ellas. También fue Langlois el que tuvo que desenterrarlas tras la guerra.

Llevó una vida de araña durante la ocupación, compartiendo, en el mismo edificio, las oficinas centrales con el director del Reichsfilmarchiv, a la vez que ayudaba a los judíos a evadirse de París.

Era, a su manera, un comando.

 

«Movieland: Hollywood And the Great American Dream Culture»; es una obra de Jerome Charyn, publicada por la editorial Putnam ©®.

 

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