Ven y enloquece

Ven y enloquece
Fotocomposición a partir de una imagen de Eva Green en la película “The Dreamers”

jueves, 8 de octubre de 2009

BLACKSAD 1/2



Blacksad: Un lugar entre las sombras.
Juan Díaz Canales. Juanjo Guarrido.
Norma Editorial



Debería haber realizado este informe hace tiempo.
No me puedo permitir descuidos que lleven a que me vuelvan a retirar la licencia, como tras el caso del pajarraco maltés.
La culpa la tuvo esa muñeca. Me silbó cuando me necesitó; y lo que prometía a ser un sueño eterno, resultó un largo adiós. Pero mi amor por Imabelle no excusa que vuelva a retrasar mi retorno al pasado.
Todo comenzó una lluviosa tarde del pasado diciembre. Me encontraba en Arco Iris, garito donde convivimos lo mejor de cada casa con lo peor de cada especie. Mientras exhalaba una bocanada de negro humo, vi a una linda gatita charlar con “el honrado” Antón, forzado propietario del local y animoso compañero de farras.
Al levantar la vista de mi bourbon encaré a la voluptuosa minina, que me miraba con una ternura que sólo Walt Disney sabría clonar. Tras estudiarla de orejas a cola, la invité a sentarse. Con melosos maullidos habló de un tal Blacksad, con una pasión que hizo que, sin conocerlo, lo envidiara. Me pidió que investigase el paradero del tipo. Tras dejarme un archivo titulado Un lugar entre las sombras, se alejó haciéndome aullar como un lobo de Tex Avery.
No me gusta implicarme con dibus.
Recuerdo el caso “Rabitt”, y cómo afectó a Bob.
Ahora es padre de tres coloridos bocetos.
En casa ojeé el expediente de la agencia Norma, que recogía un trabajo previamente encargado por la francesa Dargaud a Juan Díaz Canales y Juanjo Guarnido. Tengo que pedirle a Norman “el datos” Fernández información sobre ellos.
Lo primero que me atrajo del dossier fue el tratamiento visual.
La belleza del trabajo de Guarnido —el magistral uso del color, realizado sobre un soberbio sombreado y dibujo a lápiz— hizo que el caso me hipnotizara sensorialmente desde el principio.
A la mañana siguiente, superada la resaca matutina, examiné atentamente las andanzas del felino John H. Blackmore —cobrador de morosos de Smoke S.A.—, cuyo pasado, tan ignoto como atractivo, oculta muchos secretos, entre ellos el origen del alias “Blacksad”.
La historia presenta todos los materiales de los que están hechos los sueños. Ambientada en una ciudad inconcreta de EE.UU., la acción se desarrolla en un vago periodo comprendido entre el nacimiento de The Phantom y la llegada de la ley seca al cómic con la infamia del Comic Code.
Época en la que el placer de fumar era algo sensual, y la maldición de lo light se reducía a lo visual.
La lectura del texto me proporcionó el goce de encontrar un relato sólido, en el que la palabra complementa, amplía o va más allá de lo contado en imágenes, rehuyendo el pleonasmo y lo tópico. Todo comienza con un asesinato y termina con un ajusticiamiento; esta narración circular no se traduce en una plasmación repetitiva de los personajes.
Al contrario, aparecen seres que cambian y evolucionan. No son estereotipos. Tanto Blacksad como Smirnov van más allá de los enfoques arquetípicos que habitualmente acompañan a detectives y policías.

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