Ven y enloquece

Ven y enloquece
Aunque este blog lo firme Nino Ortea, pertenece a quienes lo sentimos nuestro al leerlo.

martes, 12 de octubre de 2010

Mi corazón delator



Muchas veces nos obcecamos con emparedar nuestro corazón delator. Tememos que cada uno de sus latidos sea percibido como un bramido diferenciador en el igualatorio de días sin huella y noches sin brillo en que ansiamos desapercibirnos.

Nada de darse chapuzones en el río de la vida.

¡A diluirse en sus aguas!, que eso de zambullirse, suena a divertirse.

Y sólo los niÑos se divierten.

Los adultos adulteramos nuestras esencias con potingues que nos apalabran una eterna juventud tras beber del Dorado de la jubilación. Eso, si hemos sido unos súbditos sumisos y no hemos aguirreado desatando la cólera de los dioses de lo correcto.

La Educación nos enseña a obedecer a la sinrazón. Y pobre del que piensa diferente, y dice que 2 y 2 no son 4, sino 22. Lo de dejar que sean los sentimientos los que asienten nuestros cimientos es de ilusos. Estamos en la era del Conocimiento. Por lo tanto, hay que ser uno de esos ilustrados pierden su lustre tras ilustrarse con La Razón. Hay que ser lógicos, no sensibles. Ya lo cantaban Supertramp.

El caso es que mi Vida va pasando. Lo que ayer era importante hoy es irrelevante. Pero siempre me queda el consuelo de que mañana será un nuevo día, en el que podré refugiarme en mi monotonía. Los contados días de vino y de rosas concluyen en noches salvajes. A mis 45, aún confío en que los excesos del fin de semana saciarán mis carencias afectivas. Me miro y no me reconozco. Pero la culpa no es mía. Es del estrés, es de esas pastillas que no volveré a tomar, es de esos labios que no volveré a besar.

Llega un momento en el que, al mirar atrás no veo experiencias, sólo vacío. Me he comportado como el hijo de los padres de un artista. Incluso he superado sus expectativas. No sólo soy más alto que ellos, también tengo un buen trabajo, una casa de revista y una mujer florista. Los niños vendrán cuando toque, que alguien nos tiene que cuidar. Hago bien en esperar. Ella ya está vieja. Mejor con una nueva.

¿El corazón? No la recuerdo, pero sé que Vudialen tiene una frase ingeniosa sobre ese musculito. De momento lo he escondido allí donde amontono las ilusiones. Siempre es mejor que tenerlo en un puño. Además, tomo danacol, hago futin los domingos y sólo me enamoro los años bisiestos que acaban en 3. Así que lo tengo como nuevo para baipasarlo cuando, en mi tercera juventud, lo saque a marcapasear.

Sé que aún funciona. El otro día me lo puse para ir al funeral de mi madre y sentí una sístole. Seguro que en el de mi padre, palpitará la diástole.

Se acerca la noche. Confío en poder soñar. En mis sueños, vivo en la cara oculta de la Luna. Allí nadie me ve. Allí, libre de la gravedad del qué dirán, camino con pasos de gigante hacia el arcoíris. A falta de corazón, tengo una caja de bombones. A Dorothy no le importa. Dice que el Mago de Oz me curará.

Siempre que llegamos al camino de baldosas doradas, me coge de la mano y empezamos a cantar. “We're off to see the Wizard, The Wonderful Wizard of Oz. You'll find he is a whiz of a Wiz! If ever a Wiz there was. If ever oh ever a Wiz there was The Wizard of Oz is one because, because, because, because, because, because. Because of the wonderful things he does. We're off to see the Wizard. The Wonderful Wizard of Oz”.

No entiendo lo que canto. En cuanto me jubile aprenderé inglés. Quizá entonces no sólo sienta júbilo cuando sueño. Casi puedo oír latir mi corazón al evocar a Dorothy. Por fortuna, cuando La Ciudad Esmeralda se muestra hermosa y cercana, suena el despertador. ¡Salvado por la campana! En una hora seré el rey de mi despacho. ¡Dios salve al rey!

“Volveré a casa a la hora de cenar, cariño”.

¿Quién necesita usar su corazón palpitante teniendo un utilitario radiante? Y pensar que hubo un tiempo en que soñaba con pasar a recogerla en mi caballo de cartón. Ahora la veo tan vulgar. Y pensar que hubo un tiempo en que se me paraba el corazón cuando la veía. Ahora…

Ahora estoy mejor sin corazón. El que tengo de lata no me delata.

Nino