Ven y enloquece

Ven y enloquece
Fotocomposición a partir de una imagen de Eva Green en la película “The Dreamers”

lunes, 29 de marzo de 2010

Interludio XII

Encuentro halagador el que la parte de este blog que refleja mi percepción subjetiva de la realidad, atraiga vuestra atención. Bien sabido es que de objetivo sólo tengo mi condición de indiscreto.
Así que quien buscase textos impregnados de falso buenismo —o reflexiones sobre lo mucho que mejoraría El mundo si todos leyéramos El país— tras haber llegado a la conclusión de que soy un egomemo, hace tiempo que habrá concluido su lectura de Ven y enloquece. Adiós. Aquí —como en cualquier otra casa de vecino— lo que importa es quienes están, no los que faltan.

Últimamente, vuestra curiosidad por mis trasuntos amorosos se ha visto substituida por interés hacia mi obra creativa.
Algunos os preguntáis cómo es que no tengo mayor presencia bajo cualquiera de mis otros heterónimos —Marcelino Ortea, José Suárez, Romano Patroni,…— en el mundo del papel impreso. Soy el primer sorprendido. Llevo casi 20 años traduciendo novela y ensayo. Escribiendo artículos sobre Cine, Cómic y Literatura. Participando en manuales de aprendizaje del idioma Inglés. Colaborando en libros, catálogos y folletos institucionales… Todo para que luego mi esmero luzca tan poco.
Debo admitir que a mi falta de un gran talento se une el que soy manco con la izquierda. En el Arte, como en la Vida, me domina el apasionamiento y me cuesta mucho dar el brazo a torcer en temas que cualquier posibilista, trepa o dúctil acepta sin acalorarse. El Marcelino del que aquí es voz Nino Ortea, no es tan agradable si te lo cruzas sobre el asfalto. Además, mi ingenio se revela como mal genio al menor contratiempo.



Tras aceptar lo innegable, debo puntualizar que en lo creativo me ocurre como a esa hora que, al llegar el horario de verano, desaparece para que la mecánica celeste mantenga su inercia. En mi caso, soy de quienes moran en el infierno del olvido acreditativo o en el purgatorio de los agradecimientos. Tengo claro que no es algo personal, sólo industrial. Al igual que la madrugada del último domingo de marzo se desprende de 60 minutos para acomodarse al Sol madrugador, a los editores les es perentorio aligerar su repertorio de colaboradores patentes. Y en la mayoría de los casos mi eclipse es aceptado: cobro y callo.
No sé si alguna vez os ha llamado la atención ver antologías donde sólo aparece destacado el nombre del coordinador. Traducciones en las que no consta el traductor. O publicaciones institucionales cuya referencia de autoría remite a la entidad contratante. Es más, puede que el acabado de la obra venga firmado por un “estudio”, por mor de externalizar los servicios.

Los duendes de las imprentas existen, no lo dudes. Al igual que yo no dudo que llegaré a entender completa una película de David Lynch. Pero mi condición de “negro” tiene una explicación más prosaica. No soy ningún “escritor fantasma” a la espera de que Roman Polanski filme lo que yo no firmo. No. Simplemente mi capacidad creativa sobre lo abstracto resulta poco atractiva. Intereso como recopilador de datos, prologuista o ensalzador de lo ajeno. Pero, lo propio, mi discurso interior, no tiene canalización literaria.
De ahí que —pese a los enlaces con concursos literarios que me habéis mandado— haya decidido guardar
en un cd mi ¿novela? Besando a un tonto. Creo que no todos valemos para todo. Soy un articulista aceptable, pero no un novelista publicable. ¿Quizás pequé de presuntuoso al proponérmelo? Tenía que intentarlo. Al igual que no por ser feo, dejo de salir todos los días a la calle.
Ahora no estoy dispuesto a redisgustarme ante una nueva sucesión de negativas, y no quiero caer en el pozo de la eterna corrección. Admito la posibilidad de que donde yo veo un libro, haya una sucesión de relatos deshilvanados. Un universo que sólo tiene sentido en mi cabeza. De estar convencido de su valía, lo autoeditaría; pero creo que sería decepcionante. Me quedo con lo bueno: la obra está acabada, disfruté escribiéndola y hacerlo me vino muy bien en lo anímico.


Volviendo al tema de mi condición fantasmal, a falta de firma procuro dejar —cual Garbancito— un rastro de palabras desperdigadas que guíen hacia mi autoría. Busco usar una misma estructura gramatical, adecuando lo expuesto a mi propia “cuaderna vía”. Además, de ser posible, coloco palabras de mi invención o que en mi mal uso balizan mi presencia. Por otro lado, en los análisis y ensayos, reverbera una constante de obras y autores.

En el patronaje de mis entretelas creativas me está resultando muy útil este blog, pues lo utilizo como contrate con el que acreditar ciertas autorías anónimas. Por eso me alteró tanto el reciente intento miserable de que Google censurara Ven y enloquece. Está claro que este blog no tiene contenido ilícito ni escandaloso. Es evidente que no alcanza ninguna resonancia que explique la hipótesis de la envidia. Y no soy víctima de ninguna conspiración que busque acallar una investigación que esté plasmando aquí. Es mi blog. Hablo de mí. Y quienes lo leéis, lo hacéis por curiosidad o aprecio, no porque éste sea el nuevo Código de Hammurabi.

Por lo tanto —ya que el proceso de denuncia no es resultado de un clickeo ocasional— no es necesario tener ninguna mente privilegiada, ni ser un paranoico, para llegar a la conclusión de que quien buscó acallarme es alguien a quien le molesta en su vida real el que yo fantasee aquí con la mía. Mi vida no es ningún capítulo de Los diez negritos, así que mejor no ir más allá en las deducciones, no vaya a acabar culpando a mi inexistente menordomo.

Prefiero aparcar el tema. Nunca llegaré a saber la verdad.

Bueno, una vez más sólo me queda daros las gracias por vuestro cariño e interés.

Salud y suerte.
Nino