Ven y enloquece

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Ven y enloquece apoya la campaña de Nino Ortea a favor de la lectura responsable y los sentimientos apasionados

lunes, 11 de enero de 2016

Escribir me ayuda a ilusionarme, leerme ayuda a que me (re)conozca



Soy de natural tarambana, es decir: dado a hacer lo que me da la gana. Por lo que cuando desatiendo mis anhelos en pro de mis obligaciones, siento que soy menos yo y más “el otro”; ése cuyo espíritu está computarizado en una serie de algoritmos estadísticos.


Reconozco que hay momentos en los que no me conozco si no hago lo contrario de lo que se espera, ya que una de mis locuras más placenteras es la de alejarme de quien no soy ni en sueños, sólo en pesadillas. Y es que esos actos de cordura asociados a obedecer la dictadura del qué dirán prefiero que los ejecute “el otro”, ése que –según los datos poblacionales que lo encasillan– tiene pareja formal, trabajo estable y tarjeta de crédito.

A mí, que mi corazón taquicárdico me impide vivir acompasado; a mí, de vida laboral tan escasa como el pudor en un exhibicionista; a mí que lo que me da crédito no es una tarjeta, sino mi palabra; a mí que no me vengan con reclamaciones por incumplir mis obligaciones de ciudadano gijonés, cincuentón, divorciado y sin hijos. Ese administrado por bases de datos y baremos estadísticos es “el otro”, es Marcelino. ¡Yo soy Nino, el gran funambulista entre la Realidad y el Deseo!





Sin embargo, mi persona individual y mi personaje social coinciden en la inconsecuencia de mi incongruencia: como personaje no interpreto el papel que de mí se espera, como persona no cumplo lo que digo si el hacerlo me aburre o al hacerlo me paraliza el vértigo.

Hay instantes –te doy mi palabra, apreciado lector– en los que me planteo involucionar, mutar para parecerme a los demás o, al menos, aparentar que me adapto. Pero soy como soy, inconsecuente en mi incongruencia; me aburriría el ser como los demás, ya que no podría seguir observándolos con la misma atención con la que un niño observa a un adulto y se jura que él no será así cuando crezca.


Escribir me ayuda a imaginarme, leerme ayuda a que me (re)conozca. Saber que cuento con tu lectura me ayuda a ilusionarme con la posibilidad de llegar a ser como me ensueño.

Gracias por tu compañía. Y más en una tarde como la de hoy, en que ha muerto David Bowie y no puedo evitar sentirme algo solo.

8 comentarios:

  1. Todos nos sentimos un poco solos esta tarde.

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    1. Buenas tardes, Tracy:
      Por suerte la soledad deja de ser una amante inoportuna en estas horas de desazón al contar con compañías como la tuya.
      Nademos como delfines, Tracy, por ese mar de sensaciones que siempre nos acompaña al escuchar a Bowie.

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  2. "de vida laboral tan escasa como el pudor en un exhibicionista"
    Me gusta esa línea y además la comparto.
    Y el texto. Jo! Creo que a veces me he sentido/me siento así en muchas ocasiones. Igual les pasa a muchos. No lo sé.
    69 años son muy pocos para estos tiempos... En fin... al menos no solo ha vivido, sino que ha hecho vivir a montones con su música.
    Un abrazo.

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    1. Buenas tardes, David:
      Es curioso que nuestra vida tenga de trabajosa lo que le falta de laboral. Quizá esto se debe a que somos hombres a los que vincula la palabra dada y no un contrato firmado. Pasado el tiempo, ocasionalmente me arrepiento de haberme fiado de perjuros que me habían asegurado la legalidad de nuestro acuerdo; pero en lo social no hay ninguna seguridad si uno se pasa la vida desconfiando. Antes crédulo que amargado.
      Como sé que me ha quedado bastante enninado este comentario, te lo aclaro: trabajé durante 12 años en una academia, de los que su huella laboral apenas llega a 6 meses (donde yo trabajaba 1 día, se me aseguraba 1 hora)

      Sí, Bowie murió a edad temprana. Ayer recordaba la primera vez que asistí a unos de sus conciertos (The GlassSpider Tour) en Madrid en el 87; y sobre todo el 11/IX/90 en que lo disfruté junto a mi hermana en su concierto en Gijón (Sound & Visión Tour). O su defensa de la condición de diferente y su recurrente temor a la locura.
      Un abrazo, David.

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  3. Te felicito por ser tarambana, por no reconocerte en ese otro registrada, con obligaciones impuestas por un sistema. No es conveniente que trates de ser el otro. Es mejor que hagas lo que te viene en gana, algo que requiera esfuerzo, dedicación.
    Es por eso que paso a leer y a comentar. Una de las razones.

    Y te entiendo. Y que lo que voy a plantear no se interpretado como violencia de género. Porque no involucra a una mujer, sino a una personificación. A veces dan ganas, de encontrar a la dama pálida que se viste de negro, alejada de su hoz, para sentarla sobre las rodillas y darle unas cuantas palmadas ya sabes donde.

    Saludos.

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    1. Buenas tardes, Demiurgo:
      Me ha alegrado el leerte de nuevo, gracias.
      Sin embargo me ha entristecido el que te vieras obligado a explicar tu metáfora, por eso de la dictadura de lo políticamente correcto. Y me avergüenzo al admitir que soy el primero que se ejerce autocensura y hay textos que no comparto oir eso de evitar malas interpretaciones y peores explicaciones.
      Como cualquier otro administrado acato las imposiciones del Sistema, pues soy consciente de que no limitan a mi persona sino a los datos censales que me están asignados. Además, están las obligaciones consecuentes del cariño compartido; y ésas las acepto a corazón abierto.
      Por lo poco que deduzco de ti tras leer tus relatos ricos en una imaginación desbordante, a ti tampoco te limitan las realidades impuestas, Demiurgo.
      Un abrazo.

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  4. Me gusta la frescura con la que escribes, nunca te alineess a nada. Yo de niño aprensi a andar en bici en contramano porque decia que si veia a los que que supuestamente tenia que venir por detras. Ya vez me enrede en palabras, perdona. Bueno tu blog por aca acamp. Un gusto

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    1. Buenas tardes, Demian:
      ¡Muchas gracias por tu comentario! Me ha refrescado el ánimo.
      Aprendí a andar en bici, literalmente, chocando contra los capiteles del pórtico de la iglesia del pueblo asturiano de San Martín de Luiña. Mis padres, sabedores de mi torpeza y falta de equilibrio, me obligaban a andar en bici con dos ruedas laterales. A base de chocarlas contra las piedras, logré dejarlas inservibles y bicicletear rápido. Luego vinieron mis caídas de puentes, chocar contra alambradas, inyecciones contra el tétano, lesiones de espalda…
      Es todo un placer compartir tu enredamiento en palabras, Demian.
      Un abrazo.

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Hola, gracias por tu tiempo de lectura.