Ven y enloquece

Ven y enloquece
Aunque este blog lo firme Nino Ortea, pertenece a quienes lo sentimos nuestro al leerlo.

martes, 5 de agosto de 2008

Moscú no cree en las lágrimas





La muerte de Alexandr Solzhenitsin ha pasado desapercibida entre tanto espacio periodístico dedicado a la crisis económica, las cacicadas de Berlusconi o los desparrames olímpicos. Lo triste es que “lumbreras” como el “Risto”, la “Esteban” o el “Cristiano” hayan eclipsado el brillo informativo que merece el escritor ruso en su ocaso vital.

Estamos ante una de las figuras más importantes del espectro cultural de los últimos 100 años. Probablemente sólo un puñado de nosotros lo haya leído. ¡No pasa nada! ¡No por ello el Sol dejará de salir mañana! Además, en mi caso, la razón que me llevó a conocerlo es extraliteraria. Fue por amor a una mujer.
Mi madre.

En su momento había quedado impresionada por la lectura de Archipiélago Gulag, en una edición en español de las Américas traída por su hermano (mi querido tío) por entonces aun inmigrante en Alemania. Impresionada por la primera entrega de la futura trilogía, me la recomendó. Nunca me supe resistir a mi madre, así que en el año de Naranjito me sumergí en el libro. Su discurso detallado, meridiano entre informe pericial y análisis histórico, me hablaba de una Rusia muy diferente a la que yo visitaba habitualmente de la mano de Sven Hassel.

Solzhenitsin fue reconocido con el premio Nobel de Literatura; y pese a su condición de autor prolífico, cuenta la publicación de sus obras en España por huecos. En su caso, como en lo que nos queda de vida, lo mejor está por llegar.
Fue un escritor controvertido. Estamos ante un creador con espíritu mesiánico que, en su apasionada batalla al Mal y a su encarnación estatal totalitaria en el Stalinismo, fue despreciado por muchos “rojos de salón” que en la seguridad de sus tabernas madrileñas o cafés parisinos, criticaban sus ataques al “padrecito” Stalin. No en vano su burguesa distinción nobelesca le fue concedida en plena Guerra Fría. Y como premio a su colaboracionismo con el Imperialismo, se le premió con retiros dorados en Suiza y en Estados Unidos.
Estos fumadores de tabaco rubio de importación, eran quienes (obviamente) sabían de los beneficios de la Revolución Soviética. Alexandr, no. ¡Era un menchevique! Él que había sido doblemente condecorado por su valor en combate frente al invasor nazi, fue un cobarde que se refugiaba en las palabras. ¿Qué iba a saber de Rusia este capitán de artillería del ejército soviético, delatado por un camarada de armas por criticar a Joseph en sus cartas? Su condena de ocho años en un campo de trabajos forzados en Siberia fue poco. ¡Merecía que lo hubieran mandado a una plantación de algodón yanqui! ¡Los yanquis, son el demonio!
Este ostracismo cultural de gran parte de la “inteligencia” occidental se mantuvo tras su vuelta a Moscú en 1994. Después de todo, acabó congeniando con el “facha” de Putin.

Y es que en estos tiempos de cultura apesebrada, en los que la condición de intelectual se prueba vistiendo la camiseta adecuada en el momento oportuno; en los que firmar un manifiesto es más importante que redactar una obra; en los que el espíritu del progresismo se encarna en unos retrógrados guardianes endogámicos; en los que funcionarios desganados pueblan afanosos movimientos antisistema… en estos tiempos, Solzhenitsin sigue siendo un resentido.
Después de todo, ¿podemos llamar escritor a alguien que dedicó toda su vida a escribir una obra sólo comparable por su calidad a la de Dostoyevski o Tolstoi? No, es un obsesivo compulsivo. En realidad no gano el premio Nobel. Fue una broma del tío que leyó la tarjeta con el nombre del ganador.
¿Podemos calificarlo de solidario por denunciar la explotación sufrida por sus conciudadanos? No, era un chivato irredento. Además, si había sido militar, es que le gustaba ponerse uniformes… ¡Uyyy! ¡Carne de psiquiatra! ¡Cadena perpetua le tenían que haber dado por pervertido!
¿Cómo podía ser un buen amigo, si por culpa de cobijarlo en su casa su teórico camarada, y virtuoso violonchelista, Mstislav Rostropovich fue privado de la nacionalidad soviética? En realidad era un gafe. ¡Y seguro que le gustaba el country, en vez de la música clásica!
Una persona motivada por su pasión, empatía, capacidad de análisis y habilidad comunicativa, no es un comunicador. ¡Es un pesado! Imaginaros quedaros encerrados con alguien así en el ascensor. ¡Y encima con barba! ¡Ése tenía algo que ocultar! De entrada, nunca aceptó nigún cargo ni prevenda. Mientras que nuestro "rojerío" coge con la derecha todo lo que puede, mientras distraé a los demás levantando el puño izquierdo.

Solzhenitsin, en vida, demostró atesorar una gran capacidad de perdón, confío en que disculpe el tono desenfadado que ha acabado cogiendo este posteo. El respeto me vuelve irreverente.
Si es verdad eso de que el tiempo nos pone a todos en su sitio, Alexandr Solzhenitsin destacará en el monte Olimpo de la Cultura.
Descanse en paz.


Nino Ortea Gijón, 5-VII-08

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